Hora local en Bogotá: 12am. Es un honor tener invitados en mi bafleo de la media noche. Con ustedes, Rod (aka @indierod) presentando “Cuando nadie pone un disco” de Odio París:
¿Odio Paris? No lo sé, de hecho jamás fue uno de mis sueños conocer la ciudad que le debe mucho de su gloria al barón Hausmann y al impresionismo. No obstante, por distintas circunstancias del pasado que son todo menos material decente de lectura es un lugar en el que pienso con bastante más frecuencia de la que mis escarceos con la Nouvelle Vague o Marcel Proust alguna vez me hubieran llevado a suponer.
Esta canción la descubrí por accidente – como todo aquello que en la vida tiene verdadero valor – y resulta ser una adaptación de un escrito de un autor español llamado Pedro Casariego (1955 – 1993) que fue arreglado en la forma de esta canción que, casi de inmediato, lo lleva a uno a recordar a Jesus & Mary Chain y My Bloody Valantine. El beat de las guitarras Fender Jaguar y el Moog resultan ser por completo la mejor idea para musicalizar un texto, idea que aunque recurrente en el pop rara vez sale redondita.
Todos, hemos estado muertos
Todos, en el vientre de la noche
Cuando no podemos dormir
Y nadie pone un disco para que bailemos
De repente, las horas nos entierran
Los minutos, crecen sobre nosotros
Otras horas desentierran
Con un beso en la boca
Una mano en el pantalón
O una simple tormenta
La relación del nombre de esta banda de Barcelona con la ciudad a la que en palabras de F.S. Fitzgerald llegan los americanos buenos que van al cielo aún no queda por completo elucidada. Sin embargo, eso pasa a ser irrelevante después del preciso arranque de emoción y nostalgia de la rola en cuestión. De cierto modo el acentuado tuno ruminativo de la melodía sobrecargada por el feedback de las distorsiones hace pensar en otra pieza dedicada a Paris en su aspecto más trágico, Piedra Negra Sobre Una Piedra Blanca:
Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París, y no me corro,
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
También con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…
Quedará para la providencia saber que será de estos chicuelos que hacen el puente de Albión a las explanadas de Gaudí y de si sobrevivirán a la miríada de objetos luminosos que se levan solo para arder en la estratósfera de internet. Tal vez sea todo con ellos, como para el caso lo son tantos otros objetos poco abrillantados que pasan por la vida de cada uno de nosotros mortales que resultan ser simplemente aguacero y se saltan Paris.
Seguramente habrá quien piense, a su vez, del mismo modo respecto de nosotros…

